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escrito por Paula Rivero
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viernes, 08 de septiembre de 2006 |
Poco después de que mi madre me arropara y apagara las luces tras de sí, decidí que aquella noche pondría fin a las interminables búsquedas bajo polvorientas alfombras y gavetas nunca abiertas. Me quedaría despierta para descubrir dónde se hallaba la puerta de los sueños.
Comencé por contar infinitas hileras de ovejas blancas, planear divertidísimos juegos para el día siguiente, observar cada una de las manchas grises de la luna a través de la vieja persiana de madera... pero pronto los párpados me pesaban y, cerrándolos, pensando que solo sería un breve pestañeo, me adentraba sin más remedio en el maravilloso mundo de los sueños.
Cuando la luna se apoderaba de la oscuridad, conducía un veloz carro de caballos que no podía controlar, paseaba sobre un urogallo entre gigantescos árboles transparentes o protagonizaba la más bella historia de hadas junto a mi azulado príncipe.
De repente, sin saber cómo ni por dónde, regresaba a mi cama tras oír la aguda voz de mi madre exigiéndome que me levantara deprisa. Sin embargo, ella no sabía que yo debía volver al sueño, cerrar la puerta y guardar las llaves.
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