Tal como los adultos, los menores necesitan un tiempo y un espacio para vivir su dolor, un período de convalecencia que les permita asumir la pérdida y, desde ese momento, ausencia de quien murió.
La pena es distinta dependiendo de la edad del niño, pero independiente de cuántos años tenga, siempre les afecta. Cuando son muy pequeños, se afectan por la muerte de alguien en la medida que su entorno familiar se ve resentido y también porque se angustian ante la ausencia de la persona fallecida.
A partir de los 3 años los niños comienzan a entender la muerte desde su propia fantasía. La psicóloga y terapeuta familiar, Sandra Benadretti, señala que en esta etapa de desarrollo los vínculos que realizan los niños son inmediatos, viven el aquí y el ahora y a diferencia de los adultos, no construyen una historia ni se proyectan a largo plazo con las personas. A pesar de ello, necesitan saber que pasó con la persona fallecida y en este sentido los padres deben ser concretos en su respuesta, explicándole al niño que la persona murió, que se fue al cielo (si así es su creencia) y que en definitiva, no estará más con ellos.
En términos de desarrollo cognitivo los niños dejan atrás la etapa de la fantasía a partir de los 7 u 8 años y es posible que puedan elaborar el concepto de muerte como un hecho concreto y definitivo.
¿Cómo explicar la muerte?
Sandra Benadretti señala que la explicación de muerte varía de una familia a otra. “Cada una le explica la muerte a sus hijos de acuerdo a su religión y sus principios. Es importante que los padres le entreguen al niño una visión de muerte como acontecimiento natural y no como un hecho catastrófico, que puede provocar mucha pena y dolor, pero que se superará.
Cuando los padres le comunican a su hijo la muerte de un ser querido para él, es importante dejarle en claro -especialmente si el niño lo pregunta- que es definitivo y que la persona no va a regresar. La profesional indica que para consolar al niño muchas veces se le dice que la persona muerta se fue por un tiempo, pero eso crea falsas expectativas en el niño, lo que no le permite elaborar su dolor y provoca, en algunos casos, que quede esperando su regreso.
Cuando una persona muere los niños suelen extrapolar esa situación a sus padres, porque temen que ellos también puedan desaparecer. La psicóloga señala que ante eso se les debe tratar de tranquilizar pero diciendo siempre la verdad: “así como todos nacemos, todos morimos algún día, pero puede que eso ocurra cuando seamos viejitos, así es que no te angusties por eso ahora”.
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