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escrito por masalto.com
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viernes, 20 de abril de 2007 |
Los novios se casan sin conocer totalmente a la pareja. No se trata de engaños normalmente, sino de la lógica del noviazgo.
Durante este período y hasta el día de la boda, el joven está en actitud de conquista. Cuando tratamos de conquistar a alguien, es obvio que tratamos de ocultar, casi inconscientemente, nuestros defectos. Porque, si nos descubren los puntos débiles... a lo mejor perdemos la conquista.
El resultado suele ser que, iniciado el matrimonio, aparecen incompatibilidades que antes no se habían manifestado claramente. A ella no le gusta visitar museos y a él no le agrada ir al teatro. Pero hay cosas mayores: ella desea mucha disciplina en casa y él prefiere un ambiente bohemio; a ella no le gusta que frecuente a sus antiguos amigos y él no acepta que visite tanto a la mamá.
Cuando crecen los niños aumentan los puntos de desacuerdo, pues ella desea un colegio de paga para los hijos y él prefiere que se conceda más libertad a los pequeños...
Antes de seguir adelante, tengamos en cuenta que esto es un proceso normal. Los esposos no son iguales. Ni pueden ser iguales. Las diferencias son un trampolín de enriquecimiento mutuo y un gimnasio de equilibrio. Pero, eso sí, lo esencial es que busquen el acuerdo.
Una barca con un solo remo no puede avanzar. Es preciso que, ante las diferencias, negocien serenamente buscando la mejor solución. Y, sobre todo, negocien a solas, sin instrusos que influyan y sin hijos que se extrañen de ver discutir a los papás.
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